sábado, 14 de noviembre de 2015

Poetas y creyentes.
Efraín Gutiérrez Zambrano

Muchos piensan que la poesía, para que tenga una razón de ser en esta época de consumismo, producción y aparente bienestar, tiene que hacerse, siempre y cuando se persiga una causa de similar naturaleza, es decir, debe ser utilitaria.
Es incomprensible para esta generación que se hable de temas que tocan al destino del espíritu humano, si como dicen algunos jóvenes educados en prestigiosos colegios y que por estos días se gradúan de bachilleres, que para qué orar o implorar misericordia a un Dios que no existe, si todos somos hijos del Big Bang. Y para qué detenernos en la belleza de una flor si su vida en tan efímera, que sus pétalos desaparecen con la misma rapidez del viento que las acaricia. Y para qué perder tiempo leyendo odas, sonetos o epitalamios si esas cursilerías no despiertan el amor como si lo hacen las medicinas afrodisíacas y los videos calificados con tres X.
Es que asistimos a prácticas sociales que rechazan el sentimiento piadoso porque no lo conocen y no lo conocen porque en sus casas esos temas jamás se sirven a la mesa como pan de hojaldre o al menos mezclados con alcaparras.            
Y algunos estudiosos de la sociología dicen que tales carencias no causan ningún mal y que es común en esta época, ignorar al poeta y al creyente o si se les recuerda debe hacerse con la misma pasión con que se recuerdan a los dinosaurios que tan importantes fueron para la evolución de las especies y para la estructuración de la mente humana, pero que ahora significan algo especial en un museo donde se les puede ver como objetos exóticos o en una producción cinematográfica donde se hace alarde de los efectos especiales.
Sin embargo, aún quedan bichos raros que se preguntan: ¿qué función tiene el poeta en este momento histórico? Y seguramente no faltará, tampoco el incauto y despistado intelectual de influencias decimonónicas que pregone que la función de siempre, la misma de combinar palabras, pero con la salvedad de que ahora no se le pide tanta belleza ni elucubración en las ideas. Es más, puede pactar con los políticos de turno y comenzar a  hacer lemas que se escriban noche abajo por las paredes con pinturas fosforescentes. O puede solicitar un puesto en una agencia de publicidad donde le pongan a rimar o a improvisar ideas que promuevan lo superficial y el valor en dinero de las mercaderías.
Para qué seguir esgrimiendo unos pensamientos de grandeza, respeto, decencia o perspectiva espiritual si todo es mera circunstancia y el absurdo ya no interroga y nada tiene un sentido trascendente. El ser humano de hoy no tiene otra preocupación que alcanzar el éxito. Si no lo alcanza su vida será lóbrega y vacía. La única razón de la existencia de la vida humana es vivir de acuerdo con ese nuevo concepto que se traduce en vida material y placer a toda prueba. Todo al fin y al cabo es sólo utilitarismo.
Como ahora no se lee poesía ni se escuchan temas de espiritualidad la gente olvidó ese poema de Kipling, que habla del éxito y del fracaso como dos impostores.
Por eso es que el joven sin un sentido que oriente su existencia, sin un Dios a quien amar y rendir cuentas, sin un amor que exalte y bendiga la unión familiar, busca el placer y queda insatisfecho, se extravía en este laberinto que han formado las religiones y las sectas en nombre del único Dios que nos hermana con su paternidad y rechaza el compromiso de una opción matrimonial permanente porque su concepto de amor no tiene la riqueza de la felicidad conyugal, filial y fraternal.        
Sin amor no existe camino. Sin amor no hay esperanza y mucho menos fe en el otro para que podamos todos salir, unidos de las manos, a buscar a Dios. Sin alguien que le cante al amor, balcones y ventanas no son más que invenciones inútiles para que entre la Luz que viene de lo Alto. Sin amor que se extienda a las personas necesitadas y discapacitadas la bondad humana resulta inocua e inexistente y la caridad individual se la trasladamos a la beneficencia pública.
Es difícil llevar la cátedra de los medios y a las aulas el concepto de generosidad en esos tres niveles que enseñaron los antiguos en estos tiempos de acumulación de capital y bullicio de las monedas y acciones en las bolsas.
En el primero, se da de lo que sobra. No hay duda de que es una acción buena pero no implica sacrificio para quien la ejecuta.
En el segundo, se da de lo que se necesita para la existencia. En este caso hay desprendimiento del ser y este hecho dignifica a quien así procede.
En el tercero, se ofrenda la vida propia. Aquí el desprendimiento es mayor porque compromete el bien más preciado que podamos poseer: la vida. Quienes así proceden son los imprescindibles de la sociedad, los guerreros de Luz verdadera, los paladines constructores de mundos soñados.     

Pero, se me dirá, llenos de cosas somos más felices que aprendiendo versos o escuchando testimonios de fe. Y tal vez tengan razón, pero se olvidan que somos seres itinerantes y que a este mundo venimos desprovistos de objetos y sin ellos nos vamos, pero con la seguridad de hallar un mundo mejor en la eternidad por entregar la vida como la antorcha, su luz.   

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